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Estuvieron cerca... taaaaaaaan cerca

Fany Almazán

Luciérnaga Noticias

Educación, Sociedad y Futuro

Por: Isahaí Abraham Vázquez Molina. 

Hay derrotas que se explican por el marcador y hay derrotas que se explican por el alma. La de México ante Inglaterra fue de las segundas. No perdimos por falta de fe, perdimos por falta de plan. Y eso, en un Mundial jugado en casa, con la responsabilidad histórica de romper el techo de cristal de 1986, duele distinto: duele como decepción, no como tragedia.

Porque no fue un rival superior en talento el que nos eliminó. Fue una selección que hizo lo que sabía hacer y encontró enfrente a un equipo que insistió, minuto tras minuto, en repetir la misma jugada monótona: circular el balón por fuera, centrar sin puntería, esperar el milagro individual. El fútbol mexicano volvió a mostrar su enfermedad crónica: la incapacidad de variar el libreto cuando el libreto no funciona.

La apuesta por meter a Santiago Giménez llegó con la ilusión de un revulsivo y se fue como una nota al pie. No es un problema del jugador, es un problema de lectura: se le exigió resolver en minutos lo que el equipo no había construido en noventa. Y esa ansiedad, esa fe ciega en el cambio de última hora, es también un espejo de cómo tomamos decisiones en este país: improvisamos cuando debimos haber planeado desde el primer tiempo.

Defensivamente, la ausencia de línea de fondo fue una confesión. Un equipo sin marcas claras en los costados, sin cobertura cuando el rival aceleraba, es un equipo que juega con miedo disfrazado de intensidad. Y arriba, el desperdicio de los centros de larga distancia terminó de sellar la tarde: balones que llegaban al área sin nadie que los reclamara como propios, oportunidades que se disolvían en el aire húmedo del Azteca.

No escribo esto para lapidar a nadie. Escribo esto porque la comunicación de riesgos me ha enseñado que el diagnóstico honesto es el primer paso de cualquier plan de contingencia, y la Selección Mexicana necesita, otra vez, un plan de contingencia. No basta con el orgullo de haber llegado a octavos; hace falta la humildad de preguntarse por qué, edición tras edición, la historia se repite con el mismo guion.

Y sin embargo, ahí, entre el enojo y la tristeza compartida de todo un país, queda una certeza: seguiremos ahí, en la siguiente Copa, en el siguiente partido, exigiendo lo que merecemos como afición. Pero hoy, con el sabor amargo de lo que pudo ser y no fue, solo queda decir lo que muchos sintieron viendo caer, otra vez, la ilusión:
Sálganse de México, banda, quiero estar solo.

Isahaí Abraham Vázquez Molina. 
Comunicólogo especializado en comunicación social y colaborador en temas de comunicación digital.