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El mes de la juventud en Huetamo: Entre el torneo de videojuegos y la política pública que hace falta.

Fany Almazán

Luciérnaga Noticias

Por Isahaí Abraham Vázquez Molina. 

Ignacio de Loyola enseñó que el examen —ese detenerse a mirar con honestidad lo vivido antes de decidir el siguiente paso— es el ejercicio más elemental del discernimiento. Aplicado a la institución pública, el examen consiste en preguntar sin anestesia: ¿a qué estamos llamando, realmente, "Mes de la Juventud"? Porque si la respuesta se agota en un calendario de torneos, excursiones y una carrera de colores, entonces no estamos discerniendo el bien de la juventud; estamos administrando su entretenimiento.

Huetamo amaneció, como cada agosto, con la promoción institucional del Instituto de la Juventud Huetamense: videojuegos, el Cerro de Dolores, cine pijamada, volibol, fútbol, color. No hay nada que objetar a la recreación como derecho. Pero una institución que existe exclusivamente para la juventud y agota ahí su agenda anual no está haciendo política pública: está haciendo relaciones públicas. Y la diferencia, para quienes viven la problemática real del municipio, no es menor.

Lo que el calendario calla

Huetamo sostiene, según cifras que ya he documentado en columnas anteriores, una de las tasas más altas de accidentes de motocicleta entre adolescentes de todo Michoacán. Es una estadística que no cabe en ningún cartel rosa y naranja, pero que llena consultorios, terapias de rehabilitación y, en los casos más dolorosos, panteones. Ninguna carrera de colores sustituye una política vial obligatoria: casco, licencia, sanción real a quien vende motocicletas a menores. Eso no es represión; es cura personalis, el cuidado de la persona entera, aplicado a la prevención.

A esto se suma una calidad educativa rezagada frente al estándar nacional, que no se resuelve con un fin de semana de videojuegos sino con formación docente, infraestructura escolar y protección civil integrada al currículo. Un municipio con la vulnerabilidad hidrometeorológica y sísmica de Huetamo no puede seguir graduando generaciones que ignoran qué hacer ante un sismo, una inundación o un incendio forestal. Ignacio hablaba de formar personas "para y con otros"; hoy eso exige, literalmente, saber cómo proteger la vida del vecino en una emergencia.

La conversación que incomoda pero urge

Hay temas que la agenda institucional evade por pudor o por cálculo político, y que son precisamente los que más golpean a la juventud: el uso responsable del condón, la información clara sobre enfermedades de transmisión sexual, la prevención del embarazo a temprana edad, el alcoholismo juvenil normalizado en fiestas patronales. Callarlos no los hace desaparecer; solo los deja en manos del rumor, del algoritmo o de la ignorancia.

Una política de juventud seria —local en su ejecución, global en su visión, como exige ya el consenso internacional en derechos sexuales y reproductivos— habla sin eufemismos de salud sexual, consentimiento y consecuencias reales del embarazo adolescente. Y junto a esto, sin jerarquizarlo como tema menor: la salud mental. La ausencia casi total de espacios de escucha y orientación psicológica gratuita deja a la juventud sola frente a la ansiedad, la depresión y, en los casos extremos, el suicidio. El cura personalis no admite atajos: no se cuida a medias a una persona.

El territorio que también les heredamos

Falta, además, el tema que definirá su futuro más que cualquier otro: el medio ambiente de la región. La Tierra Caliente enfrenta un deterioro que avanza casi sin freno institucional —deforestación por cambio de uso de suelo, incendios forestales que cada estiaje se agravan con el cambio climático, y un río Balsas cada vez más exigido y disminuido, además de una gestión de residuos sólidos urbanos insuficiente en buena parte de la región.

Ninguna generación heredará un territorio más vulnerable que la que hoy tiene entre 15 y 29 años. La agenda de juventud debe formarla como actora de la restauración de cuencas, la reforestación con especies nativas y la vigilancia comunitaria contra la tala clandestina, no como espectadora de una jornada ocasional de limpieza. San Ignacio pedía "ver todas las cosas nuevas en Cristo"; hoy, ver de nuevo el territorio propio como algo que se cuida y no solo se consume, es un ejercicio espiritual tan urgente como ecológico.

Contrapropuesta, no crítica gratuita

No escribo esto para descalificar el esfuerzo del Instituto de la Juventud Huetamense —celebro que existan espacios de inscripción abierta y actividad deportiva—, sino para exigir que el verdadero quehacer institucional del mes de la juventud no se agote en el ocio organizado. Se requiere una agenda paralela, sostenida los doce meses del año, discernida y no improvisada:

• Educación vial obligatoria y campañas permanentes contra los accidentes en motocicleta.
• Fortalecimiento real de la calidad educativa, con protección civil integrada a la formación escolar.
• Programas continuos —no de un solo día— de salud sexual, prevención de ITS y embarazo adolescente.
• Estrategias de prevención del alcoholismo juvenil, con enfoque comunitario y no punitivo.
• Servicios accesibles de salud mental, con personal capacitado y libres de estigma.
• Programas de restauración ambiental y educación ecológica que involucren a la juventud como agente activo frente a la deforestación, los incendios forestales y el deterioro del río Balsas.

Preparar a la juventud para el desarrollo humano no es entretenerla; es formarla, a la manera ignaciana, como mujeres y hombres para los demás: estratégicos, sensibles a la problemática social de su municipio, con la mirada puesta tanto en Huetamo como en los desafíos globales que ya la alcanzan. Ese, y no otro, debería ser el verdadero examen de conciencia institucional en el mes de la juventud.

Isahaí Abraham Vázquez Molina es Comunicólogo especializado en comunicación social y colaborador en temas de comunicación digital, riesgos y desastres.